Hay tres tipos de votantes quienes están seguros de que van
a votar, quienes están seguros de que no van a votar y aquellos que no están
seguros de votar. El día siguiente de la elección el candidato perdedor
amanecerá pensando, quizá no en muy buenos términos, en todas aquellas personas
que están de acuerdo con su visión pero que no asistieron a votar. En algunos
casos, esos que se quedan en casa son la diferencia entre ganar y perder. Las
maquinarias políticas-electorales se dedican justamente a tratar de movilizar
el voto, es decir: a lograr que los ciudadanos que están dispuestos a votar por
un candidato, efectivamente, lo hagan. Chávez también lo hizo usando recursos del estado para crear practicamente un ventajismo imbatible, apelando al temor de los más desprotegidos de la sociedad
a perderlo todo y controlando plenamente al árbitro que esta vez mostró una
complicidad activa y frontal con el
atropello constante a las reglas del juego electoral. El gobierno trato de
hacer pasar todo esto como algo normal. Pero no hay nada de normal en estas tretas
y ardides execrables. No debemos admitir la normalización del manipuleo de
reglas y condiciones de la competencia electoral, pues volvemos el juego tan
disparejo que el resultado termina siempre empañado por la duda. En lo particular,
tenemos el reto de impugnar esta situación y lograr un CNE más balanceado que
nos permita competir en términos adecuados y hacer creíble los resultados. Esa es una tarea inmediata que puede
lograrse sobre la base de una legitimidad ganada contra todo obstáculo. De lo
contrario, el sistema electoral colapsará por la fuerza de la paradoja: que
haya un ganador predeterminado acaba con la posibilidad de elegir. Como
recuerda Adam Pezeworski, ...el principio de la democracia es la
incertidumbre electoral. Si una parte de la población cree que uno de los
competidores controla al árbitro o que los resultados están predeterminados,
nos alejamos de la democracia.
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